martes, 24 de noviembre de 2009

Chicamocha


Por cuestiones académicas he estado lejos de la pantalla, y esas cuestiones académicas me han hecho viajar, afortunadamente para liberar todos esos malditos demonios que llevo dentro. Esta vez le tocó el turno a la muy hermosa (opinión muy personal) ciudad de Bucaramanga. Cuatro días, cuatro noches, academia, calor, apenas para los malos pensamientos.


Ya lo había visto en la fila del teleférico, alto, apenas para mí, delgado, una hermosa piel tostada, y unos ojos de ensueño, y como reza en El Nombre de La Rosa (Eco), "había algo femenino en su mirada" que me dio a entender que podía mirarlo y en el peor de los casos no ser correspondido. Estaba acompañado por un perro hermoso, de esos con ojos como los de él, que lo miran a uno con cara triste, y además lo acompañaba un tipo que deslucía al lado de él y que tachaba su belleza. Veníamos en grupo y no podía por más que quisiera quedar con él en la misma cabina, la media hora de ida me tocó con mi grupo, pero de vuelta tuve la deliciosa fortuna de quedar con él, en ese momento me vio, lo vi, nos vimos y la media hora de cable atravesando el cañón fue eterna, y por más estúpido que suene el atardecer jugó con su mirada e iluminó sus ojos claros, fue tan evidente el juego de miradas que mi acompañante (una amiga) no escatimó en comentarios para hacerme sonrojar diciéndome que qué lindo muchacho el que me levanté y qué bonitas las miradas que intercambiamos. Fue una media hora de ensueño, porque pude, y hace rato no lo hacía, perderme en unos hermosos ojos y ser correspondido, pude perderme en la infinidad debajo de unas pestañas y sentirme vivo, muy poco usual que ese tipo de cosas me sucedan por acá en este páramo perdido.


No tuve la valentía de decirle nada, hubiese sido muy obvio, pero bueno, eso me pasa por ser marica, igual, consuelo de tontos, el tipo con el que estaba tal vez era su novio e igual hubiese estado mal, porque no se codiciará la mujer del prójimo. Justo antes de que el teleférico terminara la ruta, esbocé en mis labios una tímida sonrisa que fue deliciosamente correspondida, y sobre el abismo en ese justo momento me sentí feliz.


Una mirada tímida en tierra firme a manera de despedida, y mi camino se alejó del suyo, lástima. Todo esto para decirles, visiten el parque, una muy bonita experiencia, tal vez, queden colgados en un cable de muchos kilómetros con una bonita cara y una hermosa sonrisa, que les alegre el camino.




P.S. ¿Romanticón idiota y sin remedio?: completamente culpable